Cuentos Castrosos - Sobre resignaciones que tienden puentes

Sobre resignaciones que tienden puentes

Esteban trituró lentamente el hueso y esperó. Escuchó las gotas de lluvia que caían sobre el techo, las contó. Contar lluvia era una de las mejores y más bonitas maneras que conocía de concentrarse. Escupió el último fragmento sobre el plato y se quedó mirándolo. Podría leer fácilmente la suerte y el futuro con huesos masticados, pensó. Cada mordida dice tanto de quien la dio. El ángulo de la presión de las muelas, el lado de la mandíbula con el que se remuele, la velocidad de trituración y la cantidad de saliva, las marcas particulares dejadas por los dientes. Perdió la cuenta de las gotas. Levantó la vista del plato con resignación y volvió a empezar.

Nidia se rascó el sobaco y olió después sus dedos. Le gustaba su olor. Le gustaba extraerlo de su piel y saborearlo. Metió su nariz en la maraña de su cabello, lo frotó con los dedos y aspiró inundándose. Guardó el aliento lo más que pudo, hasta que sus ojos comenzaron a doler y el mundo se nubló. Entonces exhaló plena y viva. Podía valorar y juzgar a cada cual por la manera en que olían los nudillos de sus manos. Sabía que no se podía confiar jamás en cualquiera que suprimiera su propio olor con un perfume; ¿por qué ocultarse? ¿por qué suplir con prótesis lo que ni siquiera es ausencia?

La lluvia arreció y se convirtió en tormenta, incontable.

Saldremos mañana temprano, no podemos esperar más. Tu madre sabrá llegar si es que aun le interesa. La voz de Esteban sonaba contundente pero vacía.

La flama en la estufa se apagó con el viento y el olor a gas invadió el cuarto.

Vete tú, yo esperaré lo que sea necesario. Ya hemos estado aquí tanto tiempo que un día o dos o cincuenta no hacen ninguna diferencia. Nidia habló casi susurrando, sin ganas de hacer nada más que el mínimo esfuerzo para darle sonido a su decisión.

No te importa tu madre, nunca te ha importado. Tienes miedo de irte. Tienes miedo de irte conmigo.

El granizo apedreó las láminas del techo, había que gritar para escucharse a uno mismo.

No me importa mi madre, nunca me ha importado. No tengo ganas de irme. No tengo miedo, tengo hastío de ti. De ti y de todo.

Esteban se levantó y cerró la llave de la estufa. Abrió la ventana y la tormenta le escupió helada en el pecho.

Yo me largo.

Lárgate.

Me largo ahora.

Apestas.

Te vienes conmigo.

Patrañas.

Nidia tomo de la mesa la flauta de bambú de Esteban; él la tenía desde los 6 años y marcaba una muesca en ella por cada año vivido desde entonces, la olfateó completa y comenzó a rasparla con una navaja.

Esteban cerró la ventana, abrió de nuevo la perilla de la estufa, se sentó a la mesa y sintió como todo comenzaba a sofocarse con el olor a gas. Abrió la cajetilla de cerillos y sacó dos, la cabeza de uno apuntaba a Nidia, la del otro a él mismo. Se miraron y compartieron de nuevo la más elemental de las emociones.

Nos quedamos, dijo ella.

Nos quedamos, contestó él.

.

.

.

.

.

.

Palabras detonantes:
Sary Flosan dijo:  Patrañas / Elemental / Trituró / Bambú / Resignación / Jícara
Ilustración: @citlamugnoz