Cuentos Castrosos - Sobre la culpa premeditada y sus fatalidades

Sobre la culpa premeditada y sus fatalidades

Prendí un porro y me senté a ver las nubes. No pretendía fumarlo, nunca lo he hecho; pero me encanta el aroma. Había allá arriba un caracol montando un perro. El perro se deshacía de a poco, mientras el caracol permanecía desafiando al viento que insistía en disolverlo. Me la pelas, escuchaba clarísimo su voz de caracol nubesco luchando empecinado. Me la pelas. Me la pelas. Me la… vale madres, puto caracol se rindió. Llegué aquí doblegado, de cansancio, de sudor y de culpa. La última parte del camino lo hice casi inconsciente, con el calzón empapado en sudor rozándome la panza y la entrepierna. Me caga ser gordo. Como muchas otras cosas en la vida, no estoy dispuesto a hacer nada para remediarlo. Doblegado de culpa, dije.

Me pesan en los ojos las injusticias.

Un mapache se cuelga de una rama, con su cola esponjosa transformándose en pez globo, desprendiéndose y ganando vida propia.

Yo los vi morir. Estaba parado justo frente a ellos, a punto de ser embestidos desde el cielo. Ellos no lo sabían, no lo merecían, jamás lo esperaron. ¿Quién de nosotros espera la muerte? Había tiempo suficiente, todo el tiempo del mundo, yo lo vi, se los juro, vi el tiempo acercándose lenta y violentamente a ellos. Una desgracia. No hay asesino. Yo lo vi. Vi la desgracia y vi al asesino.

Me hierve la garganta con mentiras convencidas.

Dragones, siempre y eventualmente vienen los dragones, kilométricos, serpenteantes, sombreando el piso mientras abren las fauces y llenan de dientes blancos el azul. Me fascinan y atemorizan, tardan siempre en ser descuartizados, son más resistentes que los caracoles. Un tostón por cada caracol sacrificado por el viento.

Estoy aterrorizado. No consigo dormir. Lloro todas las mañanas al despertar. Quisiera poder haber hecho algo. Repito constante estas y otras palabras que todos quieren escuchar. Disimulo todo lo que puedo la sonrisa, a veces incluso consigo llorar, de emoción, por supuesto, nunca de tristeza, pero nadie lo sabe. Hay algo cantando dentro de mi que asfixio entre la gente antes que tenga oportunidad de salir. Doblegado de culpa dije.

Me amargan los tímpanos las condolencias innecesarias.

Un enorme salmón dejando en el turquesa del horizonte su hueva fecunda. La sorpresa que llevará cuando eclosionen margaritas, ardillas, rostros de gigantes, alguno que otro perro efímero y liviano.

Escuché los gritos mezclados con el estruendo. Aún lo recuerdo: piedra sobre piedra, sobre carne, sobre hueso, sobre ojos expulsados, sobre polvo, sobre muerte. Los gritos de todos los demás. Ellos no tuvieron oportunidad siquiera de gritar. Debió ser horrible presenciarlo, me dicen, me abrazan y se quedan en silencio con sus brazos en mi espalda. Me quedo quieto y me dejo abrazar. Se ha hablado hasta el hartazgo. Está en todos lados. Negligencia, dicen los noticieros. Tragedia impredecible, en los diarios. Unos angelitos, la gente en las aceras con el amor quebrándoles la frase. No hay muertes innecesarias, cantan los tambores en mi pecho, dentro de mi pecho, sofocados junto con mi sonrisa.

Me quema las manos la vida desprendida.

El tiempo allá arriba, al igual que acá abajo se termina. Hace frío, el rojo y amarillo del final del día manchan la sábana desgarrada e informe que el viento por fin destrozó, ya no hay formas, sólo una tela delgadísima que se mueve hacía las montañas, algunas estrellas reclaman terreno, escombros de nubes, la noche se viene.

Me acerqué en cuanto el polvo dejó de ser un muro. Con lágrimas en los ojos y la nariz inundada de mocos. Mas vinieron, por supuesto. Levantamos piedra por piedra. Parecían trozos de nubes, informes ya, adivinábamos qué eran. Una pierna, un brazo, un pedazo de cráneo. Tardamos mucho, no sé cuanto. No me retiré aunque los bomberos estaban ya ahí, rescatistas, montones y montones de personas, palas, picos, brazos, piernas, manos, gritos, maldiciones. Me quedé ahí hasta el final, cuando estuvimos seguros que todos los cuerpos y las piedras estaban en montones separados, cuando el piso fue barrido con agua a presión. Me quedé ahí. Doblegado de culpa, dije.

Era un edificio viejísimo, seguro el terremoto de hace meses lo hizo: una pequeña cuarteadura, interna, imperceptible. Tenía una terraza en el tercer piso, siembre fue un referente, 3 pisos volando sobre el portal, partía desde el muro de carga de la fachada hasta las dos columnas que sostenían sus bordes exteriores, tapizada de pequeños azulejos que se veían desde abajo. El edificio albergaba desde hace años la biblioteca pública, las personas salían a fumar a esa terraza. Esa tarde no había nadie arriba. Una tragedia. Yo había prendido el tercer porro, casi se terminaba. Noté desde el primero el polvo que caía de la mitad de la terraza, estaba sentado en la acera de enfrente, viendo directo la puerta de entrada. Un trozo de azulejo luego. Un crujido apenas audible después. Lo vi, lo escuché y me quedé ahí, viendo y escuchando colapsar la estructura. Escuché también, las risas y alboroto saliendo, justo debajo de la terraza. Sabía lo que podía pasar, lo que pasaría. Me quedé ahí y lo vi todo. Vi el tiempo acercándose lenta y violentamente a ellos. Pude haber gritado, corrido, prevenido. Un gesto hubiera sido suficiente. Unos pasos desde mi lugar y sólo hubiera sido un susto. Una desgracia. No hay asesino. Estaban en el momento equivocado en el lugar equivocado. Catorce niños de preescolar y una maestra saliendo de una visita a la biblioteca pública aplastados por el derrumbe de una terraza. Yo lo vi. Doblegado de culpa, dije. No hay asesino. Quise ver qué pasaba. Y lo vi. No fueron más de unos pocos segundos; sin embargo, recuerdo todo con tanta claridad: el polvo y luego los trozos de azulejo y luego una tonelada de concreto despeinando sus cabecitas. Quise saber qué se sentía y lo supe. La sangre ajena en mis manos mientras retirábamos el escombro tumba. Vi la desgracia y vi al asesino.

No volveré hoy. Nadie me recriminará nada mañana que falte al trabajo. Estoy tan afectado, Me darán vacaciones. Me indemnizarán. Él lo vio todo, susurran en los pasillos, sienten tanta lástima por mi. El corazón me revienta las sienes, Doblegado de culpa, dije. Dejo que la risa llegue por fin a mi rostro, a mi alma, a mi vida, recuerdo mil veces ese día y me duermo, emocionado, satisfecho, Doblegado, rebosante de culpa.

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Palabras detonantes:
Paty Zarza dijo: palabras / amor / caracol / tostón / calzón / hueva

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Ilustración: @citlamugnoz