Cuentos Castrosos - Penadores

Penadores

Nadie en ese pueblo duda de la veracidad de los acontecimientos que a continuación se relatan. Esta es una historia basada en hechos reales y demoniacos. Acotar solamente que cambié los nombres de los protagonistas, no por el pudor de proteger intimidades, sino por lo efímero de mi memoria en cuestiones de apelativos personales. Sin más, me limito a transcribir lo que me contó Audifaz mientras comíamos pancita en pueblo de Michoacán.

Ese día no había luna. El cielo cerrado dejaba a tientas el cerro por donde había que caminar de regreso, añádale a eso  los alipuces que nos acompañaron toda la tarde mientras tocábamos en los quince años de Marinita. Ah que buena fiesta le hizo Don Chon, no faltó el taco ni el trago y nosotros cuatro a todo lo que da con el repertorio musical, todita la gente baile y baile. De todas maneras no se me confunda y vaya a pensar que lo que le cuento fueron delirios de borrachos, no joven, nosotros sabemos beber y beber harto quedando con nuestra conciencia completa, si no fuera así, figúrese cómo iba a regresar uno al pueblo con la noche encima y sin caminos, atravesando el cerro nomás, que si nos salimos de la brecha en lugar de una hora hay que caminar muchas. No señor, uno no camina borracho los montes y llega a su casa, y nosotros, aunque sea clareando el día, pero siempre reconocemos con la familia.

Nos faltaría como media hora de camino cuando empezamos a oír el galope que se venía. No veíamos nada y parecía como que viniera de todos lados, pero era un solo caballo, un caballo que venía de todos lados. Nos paramos a orientarnos de dónde se acercaba, porque lo que era seguro era que venía justo para donde andábamos nosotros. No era común que los caballos se subieran por el monte, y menos a estas horas, pero no teníamos miedo, conocemos a todos los que viven por acá, nuestro trabajo de músicos nos ha metido en todas las casas y no hay alma por estos rumbos que no nos salude donde quiera que andemos, sólo que a estas horas era muy raro que se saliera a cabalgar. Venía rápido, como si fuera en vereda recta, sin todos esos pinos que hay que ir sorteando por el cerro. No se tardó mucho cuando vimos al animal: un semental grandote, negro, negro, no sé ni cómo lo veíamos en medio de toda la negrura que había. El jinete encapotado en un gabán, con un sombrero amplio, nomás le veíamos la silueta. Qué pasó muchachos, nos dijo, pa´ dónde caminan a estas horas. Ya vamos pa´ la casa Don Flavio, le contestó Manuel, si a usté no se le ofrece nada. Se me ofrece, y qué bueno que me los encontré, ya andaba yo pensando en qué llevarles a los convidados para que se acompañaran los mezcales. Trépense en ancas y vénganse, que hoy todavía no se les acaba el jale.

Nos subimos los cuatro, con todo e instrumentos, y sí, antes que me lo diga, no es ninguna exageración, cinco cristianos arriba del caballo, y todos cabíamos bien. Lo más faceto es que en ese rato no se nos hizo raro el asunto, como tampoco nos brincó que reconocimos a Don Flavio por la puritita silueta, cuanto y más que el mentado señor tenía ya sus buenos tres o cuatro años muerto.

Era en sus tiempos y hasta los tiempos después que se murió el hacendado más hijo de la chingada que se conoció por acá, le daba trabajo a harta gente, pero se los acababa, joven, les pagaba la jornada con comida y la promesa de saldarles el resto a fin de temporada, nomás que cuando se acababa el jale, resulta que había comido uno más de lo que había trabajado, entos tenía que quedarse y saldarle, o medio morirse en sus tierras. Se traía uno a la familia pa´ no andar separados, y pues luego los hijos también comían, así que ya sabrá usted.

El señor se paseaba en su alazán y se cogía a las señoras y a las hijas de los peones, decían que era balín, porque nunca pudo hacer un hijo, pero eso no quitaba que les conociera los catres a todos los jornaleros. Nadie lo quería al tal señor, pero era dueño de casi todo lo que había, entonces, o se aguantaba uno, o se chingaba uno. Así son las cosas por acá.

Luego un día se murió. Y todas las tierras se desparramaron en la familia de su señora. A él nunca se le conoció pariente de cuna, yo creo que hasta lo desconocían, aún con todo el dinero que tenía, seguro también se chingó a sus hermanas, a sus cuñadas y sus sobrinas, vaya usted a saber, la cosa es que nadie se reconocía como su consanguíneo.

Como le digo, a ninguno se nos hizo raro que Don Flavio anduviera en cuerpo presente en el cerro a esas horas, y como la costumbre puede más, pues a obedecer y jalar pa´onde el señor diga.

No sé cuánto rato anduvimos al galope hasta que llegamos a una casota que yo no conocía ni había visto nunca, nos hemos de haber salido muy lejos porque yo conozco al dedillo todos estos cerros y los pueblos y las casas que hay entre ellos y verdá de dios que nunca había visto una cosa como esa: hecha de puritita piedra negra, parecía más bien una cueva, pero con zaguán y llena de cuartos adentro sin ventanas, un patiesote en el centro con una estatua del caballo en el que andábamos.

Desde que llegamos se oía el rumor de muchas personas. Nos metimos hasta el fondo de la casa, había antorchas colgadas de los muros, pero no alumbraban nada, nomás se veía la lumbre arder y todo seguía estando oscuro.

Pásensen muchachos y atiéndanmen a la gente, que no les hace falta música, nos dijo Don Flavio. Tú no Faustino, tu nos espera acá afuera que no queremos maloras en la fiesta. Faustino se fue a una banca de fierro que estaba allí cerquita y Manuel, el Chuy y yo nos metimos sin chistar, pero con el cogote entumecido.

Ya allá adentro empezamos a conocer personas, había hartos, unos también que no conocíamos. Nos empezaron a pedir canciones y ahí nos tienen a toque y toque toda la noche, y cuando digo toda déjeme explicarle que fueron muchas horas, no traíamos con qué medirle, pero nos pedían una canción tras otra y luego otra y así hasta que tocamos varias veces todo lo que nos sabíamos, que no es por presumirle, pero es mucho. Tenemos hasta algunas composiciones que son nuestras y son muy famosas por la región. El asunto es que todo seguía estando igual de oscuro, nomás no se veía para cuándo despuntara la mañana. Nos arrimaron una botella de mezcal, pero nomás al primer trago le llegamos, porque la chingadera quemaba como lumbre.

Ya de rato empezamos a notar que había gente allí que ya se había muerto con anticipación. Estaba Odilón Báez, ese que se le achaca la muerte de todos los Morales, quesque porque le habían faltado a su mujer, y ni viendo que la había sacado de una cantina dónde estuvo trabajando muchos años, todo el pueblo la conocía, pero una vez oyó a Ramiro Morales que hablaba de aquellos tiempos cuando estaba ella joven y soltera, y pus no le hizo que ya hicieran años de esos asuntos.

Andaba también Justino, uno que vivió y murió borracho, pero no de esos borrachos que hasta quiere uno y le dan compasión, no, este era pendenciero y nomás andaba buscando una mala cara pa´ descargarse su pistola.

El compadre de Don Flavio, un tal señor Juárez, que venía de cuando en cuando de la capital y a hacer desmanes y abusos con el patrón. Mandaba llamar peones, dicen que era maricón y después de cogérselos los mataba a balazos. A mi no me consta nada de eso, pero sí es cierto que a veces dejábamos de ver a fulano o zutano unos días y luego ya nomás no volvía. El patrón decía que su compadre les conseguía trabajos buenos en la capital, pero con todo, a nadie se le antojaba irse a prosperar de esa manera.

Divisamos también a Genaro, el capataz de la hacienda de La Flor. No tenía un ojo y le faltaban unos dedos de la mano izquierda, le decían el Mocho y era como el mismito demonio con la gente. Don Flavio lo mando matar un día porque se robó unos puercos del corral de Doña Chepa y los pasó por un camino que era del patrón, Don Flavio dijo que si andaban por sus veredas no podían ser más que suyos, le metieron siete plomazos al Mocho y con todo fue a llegar al zaguán del patrón y quedarse vivo hasta que don Flavio salió y oyó lo último que el Mocho tenía que decirle: chingue usté a su madre. Hasta raro se nos hizo verlo acá como si nada hubiera pasado.

Puros difuntos fuimos conociendo, todos conocidos por sus malas vidas y no nos quedaba más que seguir tocando con la boca seca y el Jesús en la boca.

Ya luego con más atención vimos que había unos también que todavía seguían entre los vivos.

Estaba Macedonio, el de la tienda de raya. Jacinto el hijo de Avelino, ese que le quitó la casa a sus padres pa´ pagar una deuda de juego. El presidente municipal, don Gregorio, con el síndico y sus lentecitos redondos siempre atrás de él. No me lo va usté a creer, porque yo mismo no acabo de creerlo, con todo y que lo vi y hasta lo saludé de beso en la mano, pero allá andaba también el señor cura, con todo y su sotana, esa más fina que usa en las misas de semana santa. Había también más gente que no conocíamos, no podría contarle cuantos eran por todos, pero llenaban un salón que se apreciaba muy grande.

Ya después de mucho rato, se nos acercó don Flavio: ya jálenle muchachos que ya estuvo bueno, va siendo hora de que se amanezca y a chingar a su madre toda esta gente. Nos salimos como entramos, Faustino estaba acurrucado en la banca espantándose los moscos, nos volvimos a subir al caballo y echamos al galope por encima de los cerros, siempre en silencio. Nos dejó mero donde nos había recogido, nos dio saludos para nuestras señoras y echó el caballo a la carrera sin que supiéramos bien para dónde. Echamos a caminar y llegamos al pueblo antes de que amaneciera, haga de cuenta como si no nos hubiéramos desviado nada.

Ora ya muchos en el pueblo no nos quieren, sobre todo los que siguen vivos y les contamos que los vimos por allá. Todos dicen que ellos nunca estuvieron en una cosa como esa y que nomás nosotros por chingar. Ya no se diga el señor cura, que hasta nos excomulgó y le prohibió a la gente que nos meta a tocar a sus fiestas por calumniosos y difamadores, dice él.

Ya hasta dejamos de contar esta cosa que nos paso para ver si un día volvemos a agarrar nuestro jale como dios manda, nomás se lo decimos a gentes como usted joven, que vienen de lejos y no juzgan a uno por no conocerlo. Ora que hay gente aquí en el pueblo que dice que sí es muy posible que esas cosas pasen, aunque lo dicen a escondidas y no le voy yo a dar nombres por no hacer intrigas, dicen que estuvimos nosotros en el meritito infierno, y que hay veces que el diablo les deja hacer una fiesta para que se acuerden de lo que ya no tienen. Dicen que todas esas son almas penando y que hay otros que desde antes de morirse ya se están quemando por anticipado. Asegún que otra señal muy clara es el no haber dejado pasar a Faustino, que por que con el violín hace la cruz. Vaya usté a saber joven, yo se lo cuento tal y como pasaron las cosas, a lo mejor se me van unos detalles, pero procuro decir otros que se me vienen a la mente pa´ completar lo que falte.

Pásanos otra tortilla Chabela, y ve poniendo la olla de café, que todavía me falta contarle acá al joven del espanto que hay en esta huerta y que no le deja a uno una noche sin visita, dicen que por que dejó harto dinero por ahí en algún lado, vaya usté a saber.
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Ilustración: CuentosCastrosos