Cuentos Castrosos - Pastura para el rebaño

Pastura para el rebaño

Pastura para el rebaño.

Hacía calor esa noche y las moscas parecían multiplicarse con cada respiro. Y respirar era indispensable, apremiante, sofocante. O quizá, absolutamente innecesario. Sin embargo seguía intentándolo, jalar aire con fuerza, intentar llenar los pulmones –no sabía si aún tenía pulmones- la costumbre de toda una vida. No estoy seguro de cómo sonaba eso después de las últimas horas, la frase había perdido todo sentido. Hace unos días, muchos tal vez, no sé, tenía la vida por delante, abusando de la frase. Usted tiene la maravillosa edad de 29 años, me había dicho en el teléfono una empleada del banco mientras me ofrecía un seguro de vida. De cualquier manera nunca estuve seguro de nada, comprar seguridad me hacía sentirme mitómano.

Quién sabe, hoy pudiera ir y redimir ese seguro que no compré, que me regresara la piel que me falta, los huesos rotos, uno de mis ojos. Que me asegurara que estoy vivo.

Estoy vivo. En verdad lo estoy. No completamente.

Tampoco estoy completamente muerto.

El mundo se volvió increíblemente rápido desde que esto paso. Todo sucede mientras apenas me muevo. Moverse no es lo fácil que solía ser, las fibras flojas y sin fuerza se afianzan apenas a los huesos, todo es tan rápido, el tiempo se volvió infinito.

¿Es esto la eternidad?

Por momentos es como si dejara de pensar, ese momento eterno, que se acaba justo en el siguiente instante, mientras sigo donde mismo. Es difícil saber si sucedió algo, si es la tarde del día siguiente o si sólo fue un parpadeo. No, para eso serían imprescindibles los parpados y ya no los tengo. El tiempo se amontona a mi alrededor y lo pudre todo, las piedras incluso, las mismas horas se desmoronan con el viento que sopla a ratos, trayendo momentos, recuerdos de sensaciones: olor a palomitas en el cine, un beso, el apremiante deseo de volver a casa, la necesidad casi olvidada de dormir. La plena conciencia, con el final de la ventisca me confirma que ya nada de eso existe.

¿Es esto el infierno?

Detenerse es imposible. Moverse es la única alternativa. Una especie de instinto, de imperativa, día y noche. Poco a poco formamos pequeños grupos, somos seres sociables, las diferencias y los conflictos de antaño se desvanecieron por completo, la comunicación está implícita en nuestro silencio, los motivos son comunes, es como si fuéramos un solo cuerpo, un solo movimiento reptante, seguro, continuo, absoluto. Armonía despótica, radiante. Utopía.

¿Estamos vivos?

La lluvia es una bendición que se lleva las moscas por breves periodos. Siempre vuelven. Sentirlas entrando por la nariz, desvergonzadas, anidando en las corvas y las orejas y la carne que se asoma. A veces nublan incluso el cielo, zumbando sin tregua, atrincherándose en los sexos, seducidas por ese olor a borrego muerto que despedimos. Puedo sentir cómo se comen mis ingles, cómo incuban sus huevos en mi lengua. Los enjambres en torno a la sangre seca. Por qué no intentamos defendernos.

La impotencia es tiránica.

Quisiera sentir miedo. Acaso me he acostumbrado tanto a la sensación, que se volvió imperceptible. Estado natural. Sentimiento comunal. Los otros vienen casi siempre de noche, con sus luces cegadoras, con su odio irrefrenable, los ojos –completos siempre- inyectados de pánico, el mismo que dejé de sentir. Se mueven tan rápido, salen de la nada, acribillan, golpean, desmiembran, ríen, escupen. Mi odio se enciende y se estrella con la imposibilidad de defendernos. Veo caer a mi grupo. Ellos, los otros, saltan sobre sus cuerpos ya de por si incompletos. Se van después en medio de gritos y maldiciones. Los que quedamos en pie, incompletos de por sí, respondemos con nuestro silencio y hacemos lo único que podemos hacer: continuamos. Ellos nos despedazan y nosotros seguimos tras ellos, buscándolos, deseándolos.

Pastura para el rebaño.

Es horrible, no puedo negarlo, jamás intentaría negarlo. Cuando logramos poner las manos sobre alguno de ellos, las bocas llenándose de piel y de sangre y de viseras, el cazador ha caído y ya no es más que una orgía de órganos saliendo del contenedor. Los gritos, se prolongan tanto, deseas que pare, es apenas un niño, o es fuerte como un toro, tiene los ojos más celestiales que jamás había visto, vestía un traje caro, era un pordiosero, sus huesos truenan como el croar de una rana, no importa, los gritos siempre son iguales mientras devoramos, se prolongan tanto.

Yo no escogí hacer esto.

No sé cómo sucedió. Tampoco desde hace cuanto. Sigo avanzando, siempre, en medio de esté vértigo  en que se mueve el mundo, pasando invariablemente por delante de mi, dejándome tanto espacio para pensar, para recordar, para sentir. Ellos no lo entienden, puedo verlo en sus ojos, nos dicen diablos, creen que lo hacemos por diversión, por convicción. Somos como ellos, necesitamos sobrevivir, hacemos lo necesario, lo único que podemos hacer, nos alimentamos.

Esto es la vida, y tengo tanto por delante.

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Ilustración: CuentosCastrosos