Cuentos Castrosos - Miguel Ángel

Miguel Ángel

Mi nombre es Miguel, así, a secas, y este es el relato del acontecimiento que me cambió el nombre y me jodió la vida.

Fue una de esas noches inciertas, incómodas, en las que a ratos te preguntas si en verdad estás dormido y a ratos estás consciente de que lo estás. Tenía este dolor en el cuello desde hace días, no precisamente en el cuello, más bien en donde nace el cuello, del lado de los hombros. Las aspirinas se habían vuelto el pan mío de cada día. Desperté por la mañana, más cansado que cuando me fui a dormir, abrí los ojos sin querer hacerlo, mi cuello era un nudo hecho de nudos. La incomodidad se había extendido a la parte alta de la espalda, si es que puede llamársele alta a una espalda que no pasa por mucho el promedio de estaturas de los que pudiéramos llamar gente chaparra. No tenía ganas de levantarme, tenía que hacerlo, he tenido siempre esta costumbre de comer a veces y la comida para un hombre como yo hay que ganársela todos los pinches días.

El tirón en la espalda cuando quise levantarme fue como si me hubieran arrancado la cabeza con todo y columna. Ya me jodí, pensé. La verdad es que hasta ese momento no tenía idea de qué tan jodido estaba.

Me quedé un rato más sin moverme, sintiendo como el dolor se iba y volvía. Es como la sensación que queda después de un calambre, cuando en realidad ya no duele, pero sigues sintiendo de alguna manera que el dolor está ahí, esperando por cualquier movimiento, esperando por que respires, por que parpadees y te descuides, por que tu corazón vuelva a latir. Me giré de costado despacio y lo intenté desde esa posición. Era como si estuviera atado a la cama con unos tirantes. Me tomó un rato, pero lo conseguí, solo que extrañamente no podía erguirme por completo. Me vino a la cabeza mi padre y esa forma de andar que tiene ahora, algo encorvado y algo doloroso. Di unos pasos más y volví sobre ellos, para desentumirme. La cosa es que no me desentumía, por el contrario, mi cuello parecía necesitar inclinarse más. Empecé ahora sí a preocuparme y me encaminé con toda mi preocupación a cuestas al baño. De manera automática, como todos los días, me senté en el escusado y no le puse nada de atención al par de páginas que leí del libro cualquiera que hay en el esquinero. Me sigue doliendo, me repetía una y otra vez. Terminé de cagar y me levanté con mucha mayor dificultad que con la que me senté, me lavé las manos y comencé a cepillarme los dientes, tenía el espejo frente a mi, regularmente suelo ignorar bastante los espejos. De repente advertí de reojo, algo extraño en ese reflejo y una descarga de electricidad se pasó desde mi cabeza hasta las rodillas.

Ay cabrón. Qué es eso.

Quise levantar la cabeza e ignorarlo para que cuando volviera a bajarla no estuviera allí, pero no pude, no pude levantar la cabeza y tuve que quedarme viendo fijo esa cosa mientras mi cerebro se volvía atole y mis rodillas dejaban de existir. Me aferré al lavabo y apreté los ojos, no veía claro, manchas de colores por todos lados, no podía pensar. Qué chingados es eso. Vomité. Y cada arcada me dolió como un mazazo en la columna, en los huesos más que en el estómago o la garganta. Pasé allí agachado sobre el lavabo un rato, no puedo decir cuanto. Cuando tuve algo de control de nuevo, allí seguía y no había manera de negarlo, esta cosa como una joroba en mi espalda.

No podía creerlo, no lo entendía, maldecía sin saber qué maldecir, creo que perdí la conciencia un par de veces allí parado, con mis brazos rígidos y aferrados a la porcelana del lavabo. Volví a vomitar. Con la cabeza retumbando y las piernas completamente flácidas me moví de allí, esto se va a quitar, pensé, es una contractura, una luxación, un amontonamiento de músculos o nervios o lo que sea, el estrés de estos últimos días, dormí chueco, agarré aire, me voy a poner unos fomentos de sal, unas ventosas, una pomada, voy a ir a que me soben, me voy a tomar tres kilos de aspirinas, dale tiempo y se desinflama, exprímelo y que se salga la pus, o lo que sea que tenga que salirse, estoy chingado, esto no se quita, estoy chingado.

Me senté en la esquina de la cama y esperé. No voy a ir a trabajar, si salgo el frío me va a hacer daño y menos se me va a quitar. Me senté y esperé. Ni siquiera hacía frío. No sé que es lo que estuve pensando todo ese tiempo. Nada. No podía pensar. El sol estaba ya alto cuando decidí levantarle y hacer algo, lo que sea. No pude hacer nada, ni siquiera levantarme, el dolor era tanto, había permanecido allí inmóvil algunas horas, ni siquiera podía girar el cuello sin sentir que me resquebrajaba todos los huesos. Había estado sentado con los codos apoyados en las rodillas y ahora no podía dejar esa posición, una coraza de concreto se había colado sobre mi espalda. Tomé una decisión: armado de coraje y lleno de desesperación, me levanté. No pude reprimir gritar, mi espalda se quebró, lloré allí parado, sin poder hacer otra cosa que llorar. Ni siquiera podía levantar los brazos más allá de unos 30 grados en relación con mi torso, y ese torso estaba ahora completamente encorvado. Empecé a dar unos pasos, tratando de calmarme de alguna manera, intentando pensar alguna solución sin conseguirlo. No quería detenerme, no quería que otro periodo de inmovilidad me sumiera en un estado aún peor y, sorprendentemente, después de un tiempo que no puedo determinar, pareció que funcionaba. Sentí como se relajaba un poco la rigidez en la espalda y me encaminé al baño, tenía que ver de nuevo esa cosa, esperaba comprobar que había disminuido, que se estaba quitando, lo que sea que fuere, estaba sanando.

Lo que sea que fuere, no estaba sanando. Ahora era más grande y tenía un color rojo intenso con algunas manchas violáceas en algunas partes, como grandes moretones; sin embargo, la movilidad de mis brazos había vuelto en cierta medida y con mucha repulsión intenté palpar mis hombros y la parte de esa enorme joroba que partía de allí. La sensación fue repugnante. Sentí una masa huesuda, con partes blandas y como acolchadas, irregular, asquerosa. La impotencia y el asco me invadieron y nuevamente lloré, de pánico, de asco, de desesperación. No entendía por qué me pasaban estas cosas siempre, por qué parecía que las situaciones jodidas en este mundo se empeñaban y se ensañaban en buscarme y cómo encontraban este tipo de cosas inexplicables para superarse y chingarme.

Tengo que hablarle a alguien, tengo que ver a un médico, pero no quería llamar, no quería salir ni que me vieran, me sentía lleno de todo este pánico y a la vez tanta vergüenza. No quería que nadie viera esto, y cuando digo esto, me refiero no solo a la joroba, sino a mi, quería morir y sabía que por mucho que lo deseara, nunca podría matarme. Sólo quedaba esperar, esperar y tratar de aguantar, de alguna manera.

Para cuando llego la noche mi mentón estaba pegado a mi pecho, estaba completamente encorvado, y aunque el dolor en los huesos parecía haber disminuido mucho y la joroba había dejado de crecer, ahora me ardía la piel que la cubría, sentía cómo se estiraba, como si se agrietara y se partiera. De cualquier manera, era mucho más soportable que el dolor en la columna. Me sentí un poco más tranquilo. Comenzaba a pensar con mayor claridad, cualquier cosa que esto sea, seguro se puede arreglar, operar de alguna manera, no sé, va a costar mucho dinero y no tengo idea cómo lo voy a conseguir, pero algo se puede hacer, seguro, en estos días casi todo se puede hacer. Le daba vueltas al asunto, suponía, conjeturaba, imaginaba operaciones y rehabilitaciones, gastos y deudas, tendría que hablarles primero a mis padres, que vinieran y vieran la situación, ellos siempre han sabido qué hacer. Cómo pudo pasar esto. Cómo pudo pasar tan rápido. Y si muero, si me estalla de repente la espalda con los pulmones y las vértebras y todo eso, nadie me echaría de menos por un par de días, en el trabajo por supuesto, pero nunca se han preocupado particularmente por los empleados, pondrían un aviso de vacantes, vivo solo y no soy particularmente sociable o apegado a las personas, al contrario, salgo muy poco y comparto aún menos, quién se asomaría a mi ventana y vería el charco asqueroso de mi vida desparramado por la habitación. No podía dejar de visualizar la escena como si yo mismo fuera quien me asomara y me llenara de asco y de espanto.

Me permitía sentir vergüenza ahora que podía, ya que sabía con seguridad que cuando pasara, cuando ese desafortunado viera el piso y las paredes y las ventanas y las cobijas llenas de eso que había sido yo, no iba a poder sentirla. Me atormentaba verme reducido a un cuerpo abierto y expuesto. Todos deberíamos poder morir solos y en nuestra propia tumba, lejos de miradas inquisidoras que se regodean en decir lo buenas personas que éramos solo como una manera de decir que ellos mismos son buenas personas al decirlo. Mucho menos aún tener que pasar por la indigna situación de que un desconocido se asome por tu ventana y sienta asco y lástima por los pedazos de tu cuerpo, ya ni siquiera por tu muerte, tan solo por tus entrañas tiradas en el piso.

En estas y cosas como estas me ocupaba mientras seguía caminando en círculos por el departamento, despacio, apenas un poco menos que inmóvil, no quería detenerme, no quería quedar atorado incapaz de hacer nada, sentía que si seguía moviéndome, la cosa esta iba a terminar cediendo. Entonces comencé a sentir mucha comezón sobre el ardor que antes tenía. Era una sensación que crecía en intensidad y en superficie, era absolutamente desesperante, ya que mis manos apenas alcanzaban a tocar mis hombros, se volvía insoportable, me encaminé a la pared y comencé a tallarme como un animal, ardía sí, pero era mejor que soportarlo sin hacer nada. De repente mi rostro se iluminó y mi ánimo cambió, sonreí incluso, recordé que cuando una herida está empezando a sanar, se siente una comezón muy similar. Lo sabía, esto vino de repente y se va a ir de la misma inexplicable y sorprendentemente rápida manera en que llegó.

No fue así. El ardor volvía con más fuerza y mi piel se incendiaba, dolía, se estiraba y crujía, pude sentir claramente como algo se movía allá adentro, como empujaba la piel y chocaba con huesos, era un sonido sólido y contundente, sentí terror nuevamente, pensé en unos gusanos allá adentro desarrollándose y comiéndome desde dentro, pensé que una vez que estuvieran listos empezarían a morder, a comer, a abrirse paso hacía el exterior y yo iba a sentir todo eso, hasta el final. Quería desmayarme, me golpee incluso la cabeza contra la pared para hacerlo, pero no lo conseguí, había leído que cuando el dolor era demasiado, el cerebro se desconectaba por un periodo breve para sobrellevarlo; sin embargo, seguía doliendo, mucho, y la inconciencia no aparecía.

Caí de rodillas incapaz de poder sostenerme más en pie, el movimiento en mi espalda se volvía cada vez más frenético y mi piel gritaba a su propia manera, tronando y desgarrándose, la inconciencia no llegaba. Entonces sucedió. Sentí un viento helado sobre la espalda, como si pegara directamente sobre los músculos, sobre los huesos, luego una sensación cálida comenzó a envolver mi torso, partía de la parte alta de mi espalda, líquida, hirviente, no fue hasta más tarde que comprendí que esos ríos de lava que surcaban mis costillas eran mucho más que solo una sensación. El dolor cesó de improviso, me sentía mareado, aturdido, pero mucho más ligero. La tensión en mi cuello había cedido y podía ahora moverlo. También mis brazos habían recuperado casi toda su movilidad. Seguí de rodillas por un tiempo, con las palmas apoyadas en el piso y los ojos cerrados, si había estallado y mis pulmones ya no estaban, si había trozos de mi columna por la habitación, si había algunos gusanos enormes caminando viscosos sobre el piso, de alguna manera, yo permanecía y no sabía si eso era bueno o era lo más malo de toda la situación.

Abrí los ojos de a poco y miré al frente, tardé unos momentos en poder enfocar y cuando lo hice el espanto vino a mezclarse con el alivio que había sentido. Tenía frente a mi esa pared salpicada de sangre. Vi mis brazos y me di cuenta que eso cálido que escurría por ellos era sangre, estaba por todos lados. Tenía este ardor en la espalda, este escozor de herida abierta. Me incorporé con temor, sobre las rodillas, tenía una sensación extraña como si estuviera atado a algún lado, como si algo me jalara hacia atrás y hacía los lados. Me incorporé de a poco y cuando estuve de pie, una sensación de vértigo me apremió, quise dar un paso pero no podía mantener el equilibrio, era como estar parado en una angosta lancha que se bamboleaba en el agua a cada paso, sentí entonces este peso que me desestabilizaba, abrí los brazos para tratar de equilibrarme y lo sentí, algo más acompañó ese movimiento, un sonido sordo y un viento que me hizo dar dos pasos torpes al frente, puse un pie delante del otro y me agache un poco para no caerme, levante el rostro y pude ver estas enormes cosas a mis costados, casi envolviéndome desde atrás, rozaban las paredes y yo podía sentir ese roce, eran de un tono café pardo, rojizo, blanco, tonos que se mezclaban y se movían, se movían con mis propios movimientos. Giré la cabeza de a poco a un costado y pude verlas con claridad; estas enormes plumas, húmedas, pegajosas y manchadas de sangre. Acerqué una mano para tocarlas, pero con el movimiento del brazo se retiraron, me dolían los huesos cada que se movían, los músculos de la espalda se esforzaban, se contraían, se distendían, dolía, mucho. La sangre seguía fluyendo, mucho menos pródiga, pero constante, sentí un mareo y el vértigo me envolvió completo, la inconciencia llegó por fin.

Hace días ya de esto. Desperté y me costó todo este trabajo asimilarlo: en dos noches y un día me crecieron unas alas. Quién lo iba a decir… me dolió un chingo.

No eran pequeñas, y una vez que salieron y se extendieron, no eran blandas. Debían de medir al rededor de dos metros cada una, completamente desarrolladas y emplumadas. Llamé al trabajo y renuncié, con cualquier pretexto, o sin ninguno, no lo recuerdo, estuve actuando con absoluta inconciencia los días siguientes. Nadie más me buscaría, estaba lejos de mi familia y como ya lo dije, soy un tipo bastante solitario y retraído. Me costó mucho tiempo el poder caminar siquiera sin caerme y sin apoyarme en las paredes, en los muebles, limpié lo mejor que pude el departamento, la sangre en las paredes, en el piso, recogí algunos trozos de piel y un líquido viscoso y ácido que estaba por todos lados. Lo hice lo mejor que pude. Aún así, el lugar apesta a rastro.

Es difícil moverse, ya no digo caminar con estas cosas, no estoy seguro de cómo controlarlas, se mueven a veces con el movimiento de mis brazos, otras de manera independiente a ellos, puedo retraerlas y pegarlas suficiente al cuerpo como para no golpear las cosas a mi paso, pero de repente se abren y se mueven con tal fuerza que me avientan y destrozan todo lo que esté a su paso, intenté amarrarlas a mi espalda, pero no funciona, no tengo nada lo suficientemente fuerte para retenerlas y la presión de las cuerdas contra mi pecho y mis costados ya me ha dejado algo más que moretones y cortadas, temo que pueda romperme una costilla o algo más.

Las heridas en la espalda parece que sanan, pero siguen doliendo, los tejidos que comienzan a cicatrizar se abren cada que estas cosas se mueven y duele como el infierno. Creo que pudieran estar infectadas.

No quiero salir, tengo miedo de lo que pueda pasar, no sé qué pudiera pasar.

Esto es una bendición, pensé, no puedo dormir más que boca abajo y aún así es difícil, la presión sobre mi cuerpo es incómoda, pero en cuento me acostumbre, pensaba mientras dormitaba de pie, recargado en la pared, en cuanto encuentre la manera, las maneras mejor dicho, esto es una bendición. Me veía remontando el vuelo, más arriba, más rápido, el viento, la ciudad allá abajo, puedo volar, esto es una bendición.

Duele. Duele de una manera que no puedo explicarlo. No sé de dónde estén fijos, si la estructura ósea de estas cosas este unida directamente a mi esqueleto, pero cada movimiento se siente hasta la base de la columna, jalando, oprimiendo, aplastando, estirando. Son pesadas, los músculos de la espalda, los hombros, el abdomen, se acalambran, hace dos días sentí un desgarre en el costado izquierdo, más o menos a media espalda, perdí algo de movilidad en esa ala, aunque sigue agitándose, duele cada vez más. Todo es cosa de acostumbrarse pensé, es como cuando empiezas a ir al gimnasio y el ejerció te muele todos los músculos, es cosa de acostumbrarse, fortalecerlos, voy a poder volar.

Nunca he sido un tipo de ejercicio, mido un metro setenta y tengo por lo menos ocho kilos de más, estoy cansado, desesperado. Fuera de las alas nada más ha cambiado en mi, perdí peso por las hemorragias y la mala alimentación de estos últimos días, pero todo lo demás, sigue igual. Conjeturaba que al igual que las alas, de repente, de una noche a la otra, iba a desarrollar los músculos y la estructura necesaria para soportarlas, pero no ha sido así. Tal vez sea cosa de paciencia, de esperar.

Eres un ángel, me dije. Lo eres en verdad, espera un poco y luego sal del de aquí y vuela. Sé un ángel.

Hoy sé con certeza que no sucederá. O por lo menos no soportaré lo suficiente hasta que suceda. Los calambres son continuos, paralizan mis brazos, mi cuello, los músculos en mi espalda se tensan y se retuercen, las vértebras crujen, los ligamentos se revientan. No solo voy a morir, sino que voy a morir torturado y hecho pedazos desde adentro.

Ya no puedo ser paciente, ya no puedo esperar, no quiero volar, no quiero morir.

Eres Miguel, me digo, Miguel Ángel. Mañana salgo de aquí y no regresó hasta que, de alguna manera, la que sea, pueda arrancarme estas cosas.
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La ilustración es de @ramon_garper