Cuentos Castrosos - Llegar

Llegar

Voy tardísimo, como siempre. No me desperté a tiempo, perdí el primer autobús. Ni siquiera debí dormirme. Quedaban 3 horas, mi boleto estaba a las 4 de la mañana, desperté a las 3:50. Tomé el siguiente disponible y dormité apenas en el camino. Llegué más cansado que si me hubiera venido despierto. Dormir en un autobús es como cerrar los ojos para que te apaleen.

No me gusta venir a la ciudad: tanto ruido, tanta gente, tanto todo.

Siempre me dicen que no gaste en taxis, que es más tardado, muy caro, que viaje en metro. No entienden que el metro es justo la concentración de todo eso que me caga en este lugar.

Llegando a la central abordo un taxi y luego de unos minutos atascados en el tráfico le digo al chofer que se apure, que tome otra ruta.

No señor, aquí uno no se apura, uno se aguanta, me responde con toda esa tranquilidad. Mire nomás, para donde quiera que uno voltee: coches y más coches y más coches, todos parados. Ni aunque pudiéramos salirnos de esta calle, todas las demás están igual. Es que voy tardísimo, no voy a llegar. Mire, me dice, por aquí no hay de otra, si necesita usté moverse, váyase en el metro. Igual va a ir un poco apretadito por la hora, pero si logra meterse al tren ahí seguro avanza. No sé andar en el metro. No se apure yo le digo como, mire: nos vamos a regresar tantito y lo voy a dejar en La Raza, de ahí agarre la línea 3 rumbo a Universidad y se baja cuando llegue a Zapata, transborda rumbo a Mixcoac y llegando se va a ir en la línea naranja rumbo al Rosario. Ya estando ahí son poquitas estaciones hasta Polanco. Sí se va a tardar un rato pero aquí en el tráfico llegamos mañana. No es que no quiera uno llevarlo joven, es para ayudarle y que se lleve una buena impresión de la gente de la ciudad. Ya bájese aquí, ándele, ahí está la entrada del metro. Son cincuenta y cinco pesos. Espéreme, no le entendí bien, ¿cuál estación, hacia dónde? Es bien fácil joven, ahí pregúntele a cualquiera cómo llega a Polanco y le dicen.

Aquí abajo hay más gente que autos allá afuera. Todos los vagones llenísimos. Es por la hora escucho que dice alguien. Son las 8 de la mañana, voy tardísimo. Por fin abordo el tren, entre empujones y apretones, no voy a llegar. Después de varias paradas pregunto: ¿Voy bien para llegar a Polanco? La voz es áspera y sin ganas de contestar: Nombre chino, éste va para Pantitlán. Carajo. Una anciana sentada en el asiento entre el tubo vertical y mi cadera aplastada contra él me dice: Ya mejor espérese, no se regrese. Bájese en Oceanía y le da rumbo a Buenavista, se baja en San Lázaro y transborda a la línea rosa para Observatorio, llegue hasta Tacubaya y ya ahí está la naranja para Polanco. Carajo, no voy a llegar jamás.

Salgo del tren a empujones igual que como entré. Me dejo llevar, no puedo hacer mucho más. Avanzo rápido por el pasillo. Esta vez entro a la primera en el vagón. Tres paradas más y veo el letrero grande en la estación: San Lázaro. Sonrío un poco, ya voy entendiendo. Salgo del vagón y veo un domo verde a lo lejos, un montón de autobuses estacionados allá afuera, quiero trotar, correr si hay oportunidad. Me detengo enseguida; no es posible entre tanta gente. Avanzamos apenas. Allá adelante comienzan a dividirse: hombres por la derecha, mujeres y niños por la izquierda, ¿qué pinche campo de concentración es éste? Los pasillos enormes y altos pueden contener apenas a la multitud que los camina, me asfixio de apoco, de a mucho. Subo las escaleras y continúo por el pasillo, más escaleras. Empiezo a sudar, siento la espalda mojada bajo el saco. Nunca me han gustado. Me lo quito. ¿Hacia dónde dijo el del taxi que debía ir? Trato de recordar, números, colores, nombres. Sigo. Bajo unas escaleras y avanzo, el lugar me parece familiar. Carajo, aquí me bajé. La cosa es caminar hacia el otro lado entonces. Pasillo, escaleras, pasillo, escaleras, más hacia abajo. Qué hace esta gente metiéndose adentro de la tierra.

Todo se comprimió de repente, mi garganta se cierra igual que lo hicieron los muros, el techo, gente yendo y viniendo, pasillo, escaleras.

Hablaré para avisar que voy tarde; ya voy tarde incluso para avisar. No hay señal en el celular, ¿qué hace la gente metiéndose en las tripas de la tierra?. Correr es imposible, me detengo y volteo hacia ambos lados, hacia atrás de donde vengo, hacia adelante a donde voy. No estoy seguro de qué hay en ninguno de los extremos, todo aquí se ve tan parecido. Allá al frente entra aire de la calle a través de una reja que sólo deja ver un rectángulo hacia fuera. Respiro hondo, aguanto el aliento, respiro otra vez, aguanto hasta que todo se pone un poco borroso y lo suelto. No sé hacía donde chingados voy. Chingada madre, me caga andar preguntando pero ya no hay de otra: ¿señora, hacía dónde le doy para llegar a Polanco?

No se detiene, no me responde, se va. Chingao. Joven, ¿Por dónde le doy para Polanco? Mochila, tenis mugrosos, camiseta amarilla de futbol, habla entre dientes, con la cabeza baja: siga derecho por el pasillo hasta las escaleras, lo toma del otro lado. ¿Derecho hacia dónde? Derecho por donde va. Sigo derecho entonces. Un pasillo largo, con locales comerciales, pequeñísimos, personas metidas ahí como en pequeños calabozos llenos de cosas inútiles y baratas, música desde algún lado, algunos gritos, un elote en la pared. Puedo ver varios niveles desde aquí: pasillos y escaleras hacia arriba y hacia abajo, ¿le doy derecho hacía dónde chingados? Elijo unas escaleras, cualquiera, lo que sea. Las subo, las bajo hasta otro lado el pasillo. Qué línea es ésta, pregunto. La cuatro, responde otra voz anónima que no se detiene. Huele a comida, ¿Cómo llego a Polanco? Me miran pero nadie responde; todos llevan prisa, a nadie le importa nadie, carajo. Pregunto a la multitud: ¿Cómo llego a Polanco? Nadie responde. Me encabrona su indiferencia: ¿Cómo llego a Polanco? ¡Váyase a la línea uno¡ grito anónimo de saco, pantalón y tacones altos ¿Cómo? ¡Por las escaleras chino! Playera sin mangas, dientes amarillos. Vuelvo por las mismas putas escaleras. ¿En qué momento cambió el color en las líneas de la pared? Era verde, ahora es café. Tengo que llegar a la rosa, eso sí lo recuerdo, y luego otra a Polanco. La batería del teléfono ya está baja, de cualquier manera aún no hay señal. Es tardísimo, ya no llegué.

Subo las escaleras a una explanada más amplia. Camino por un pasillo todo derecho y me doy cuenta que es un puente. Veo la calle a ambos lados debajo de mi por los muros de vidrio mugrosos: los autos atravesando bajo mis pies. ¿Qué no estaba en un túnel bajo tierra?  Tac, tac, tac, tac, el ruido de las llantas de una maleta sobre las juntas del piso gastado. Mañana no hay clase pero / le dije a Pedro que se / no sé que voy a hacer con / ya te dije que no / esa puta no sabe que / todas las conversaciones, pedazos de ellas que me escupe la gente sin querer, cuando pasan, cuando paso. Hay tanto ruido, tanto movimiento, toc, toc, toc, toc, tacones taladrando el piso. Un altavoz que llena todo: “Señor Luis Martínez, diríjase a la estación Observatorio donde su familia lo espera. Si no sabe cómo llegar pregunté al personal del metro y lo orientarán”. Aquí nadie orienta a pinche nadie, pinche Luis Martínez se morirá y se pudrirá aquí adentro, igual que yo.

 A la chingada Luis Martínez y todos ustedes, ya estamos muertos desde que entramos aquí.

Otras escaleras eléctricas, muy largas. Quiero subir caminando pero no se puede. Todos inmóviles dejándose llevar hacia arriba, lentísimo. Un mural en la pared al final de la escalera con músicos o algo así, nunca he sabido nada de quién es quién ni me interesa. Ya no tengo prisa. La junta ya fue. Dejaré los papeles y a ver qué pasa. Tendré que volver, o quedarme. ¡Chingao!. Me dejo llevar igual que todos los demás, no puedo hacer nada más. Parece que no dejaremos de subir nunca. Cuando por fin se desvanece el último escalón ya no sé hacia donde ir. ¿Cómo llego a Polanco? Nadie responde, me quedo parado mientras pasan a mis costados empujando, siento sus codos molestos sobre mi, les estorbo. Tomo a una mujer por el brazo ¿Cómo llego a Polanco?. Arranca su brazo de mi mano, me empuja y se va mentándome la madre con la mandíbula apretada. Todos voltean pero nadie se detiene realmente. ¿Cómo llego a Polanco? Les grito. ¡Es para el otro lado baboso! botas negras altas llenas de remates de metal, chaleco de piel sin camisa. ¡De allá vengo! le respondo con el mismo tono ¡Váyase a la chingada! Me dice mientras se aleja maldiciendo a mi madre y a mi sangre y a mi descendencia. La multitud me traga otra vez y me obliga a avanzar. No voy a regresarme, no puedo regresarme. ¿Cómo salgo de aquí? Le pregunto a un policía que se dedica exclusivamente a escribir en su teléfono como si no hubiera un motín sucediendo a su al rededor. Sígase derecho y por las escaleras, contesta entre dientes sin levantar la mirada. La gente aquí cuando responde lo hace sin mirar, sin detenerse, sin pensar. Me sigo derecho hasta las escaleras, subo y camino por el pasillo curveado. Parece que le da la vuelta entera. Volteo y a mi espalda un ejercito ondulante persiguiéndome: todos son un solo cuerpo con cientos de cabezas, moviéndose como un gusano que avanza entre el lodo podrido y espeso. Me dan asco. Si pudiera despedazaría al monstruo en este momento. Si me atreviera. Escucho el ruido de un tren llegando, o yéndose, sigo. Hay una piedra tallada en un claro, algo prehispánico para sacrificios, no sé. El cielo se ve sobre ella. ¿Está nublado o ya es tarde? ¿qué hora es? Hay gente allá arriba, en la calle. Quiero estar ahí afuera, necesito sentir el aire de nuevo, estoy en un maldito pozo. ¿Cómo chingados salgo?

Avanzo porque aquí no se puede hacer otra cosa.

Otras pinches escaleras eléctricas, ahora hacia abajo. La cabeza me revienta, siento la sangre palpitar en las sienes. Hay menos gente. Al llegar abajo me doy cuenta que estoy cansado. Camino lento. El color de las bandas superiores en la pared es azul. ¿Qué línea es esta? La dos, me responde el vendedor, ¿quiere unos churros? Los compro. Tengo hambre, no desayuné. Ya debe ser mucho más de medio día. Me siento recargado en la pared a comerlos. El azúcar se riega por mi pecho sobre la camisa azul. La sacudo luego del último bocado. Cada vez hay menos gente. Camino más lento, debe haber una salida por aquí, seguiré a alguien, tiene que ir a algún lado. Tres pasillos, una escalera fija y dos eléctricas después: ¿Qué quiere? Me encara después de voltear un par de veces sobre su hombro y verme. ¿Por dónde está la salida? Por donde venía, casi gritándome, temeroso: lárguese. Vuelvo sobre mis pasos. Estoy exhausto. Oiga, ¿cómo llego a Polanco? Váyase de aquí hasta Tacubaya joven, lentes redondos, falda de cortina, aroma a pomada; ahí se baja y queda cerquita. ¿Dónde estamos? En Balderas, joven. ¿Qué línea es? Depende, por aquí pasa la tres y la uno. ¿Cómo salgo de aquí? Por ahí derechito hasta que llegue a las escaleras, subiéndolas están los torniquetes. Gracias señora. Las personas pueden ser amables si no están en una multitud. Me cagan las multitudes. Derechito hasta las escaleras. Un greñudo con una guitarra hecho estatua cantándole nada a un indigente tirado en el piso junto a él. Así es este lugar: gente inerte haciendo lo suyo e ignorándose todo lo que pueden unos a otros.

Otra vez el río de gente, viniendo justo desde donde deberían estar las escaleras, infranqueable. Por fin, por ahí deben estar entrando. Espero a que baje la corriente, me parece hasta peligroso y no tengo ánimos de meterme a los empujones de nuevo. Siguen llegando y ahora vienen desde el otro lado, igual o mayor número. No sé como logran pasar de un lado a otro, mezclándose y revolviéndose.  Estoy en sentido contrario hacia cualquier lado, contracorriente, gente empujando, choco, esquivo, aviento. Un golpe en la espinilla con un bulto de alguien, de algo, una maleta, un diablito cargado de costales de arroz. Duele un chingo. Te voy a matar puta, alcanzo a escuchar. Otra vez los fragmentos de conversaciones taladrando mi cerebro. Quítese. Personas con maletas, un grupo de monjas, allá a lo lejos en el rincón una pareja se faja como si no hubiera nadie más, les vale madres. Transexual, indigente, niño llorando, carcajadas, anciana, ¡quítese!, mochilas, patines, mujer cargando a un perro, hombre embarrado de pintura, soldado con uniforme de camuflaje, ¡cállate! Jajajajaja, un violín se escucha a lo lejos. Todo parece a punto de explotar, de chocar, de hacerse mierda.

Pero no pasa: puto caos organizado.

Espero pegado a la pared como rata, no me muevo, trato de respirar poco, ya estoy sucio, ni se diga del olor: apesto.

Por fin deja de fluir la gente, y me muevo. ¿Dónde están las escaleras?. Estaban ahí enfrente a unos metros. ¿O era hacia el otro lado? Tampoco están.

Ya no hay casi nadie. Camino solo, ya no puedo con mi espalda, con mis brazos, con mis ojos. Otra escalera eléctrica. No sirve, hay que bajar caminando, miles de escalones. Huele a perro muerto.

Vuelvo la mirada a mis espaldas: la escalera eléctrica ya funciona. Nadie la usa. Las otras; las fijas son como un enorme teclado, vacías también hasta que una niña con uniforme de escuela las baja y sube divertida. Las notas en verdad suenan, o me lo imagino. Me imagino a la niña, las escaleras teclado, el agujero en la tierra donde me sepulté, el olor a mierda y perro muerto. Su madre o algo así la alcanza abajo por las escaleras eléctricas, le toma una foto en las escaleras piano y sonríen. No me imagino nada, esto es real.

¿Por dónde está la salida? Pregunto. Me ven de arriba a abajo, gestos de disgusto, nadie me contesta. Muy pocas personas ahora, deambulando lentísimo, tanto como yo. Pero a diferencia de mi, seguros sobre sus pasos. Me duelen las piernas, la espalda, perdí el saco, no tengo idea en qué momento. Sigo al último resquicio de gente, tienen que ir hacia algún lado, volteo a la pared, las líneas en la parte de arriba son naranjas. Leo el letrero sobre la banda de color: Polanco. ¿Dónde está la salida? Ya no hay respuestas, las miradas son cada vez más ásperas. Más ausentes. Sigo caminando, escaleras, pasillos, escaleras. ¿Dónde está la salida? Ya no me miran, parece que ni siquiera me escucharan. ¡Pero aquí estoy! Se quitan, les repugno, me evitan. Estoy cansado. Les doy asco. Me duele la espalda, los pies, tengo hambre, siento la barba larga sobre mi rostro, me rasuré apenas anoche antes de dormir. Subo inmóvil por esa escalera infinita que se mueve sola, hasta que sus peldaños desaparecen, doy la vuelta y alcanzo aún a poner un pie delante de otro, ahí está: el cause abierto y seco del pasillo iluminado por la luz artificial, el viento de la calle golpeándome el rostro con toda la oscuridad desde donde viene, es de noche: la salida.