Cuentos Castrosos - La sentencia

La sentencia

Yo estaba plácidamente sentado ese día. Tarde de sábado, sin mucho que hacer, disfrutando el ocio y la tranquilidad de una vida aburrida que siempre había querido. Nunca me gustaron los riesgos ni las emociones fuertes. Incluso cuando me enamoré, lo hice a medias; un amor sereno que se desprendía en tiras pequeñas y que no otorgaba más allá de lo absolutamente necesario. Es mi vida, son mis decisiones, es mi mundo gris y apacible, agradable, mío.

Por eso nunca imagine morir así.

Creo que ese tal vez fue uno de los motivos principales de vivir de esa manera, sin excesos, sin extremos, sin pasiones. Quería una muerte apacible. Viví toda mi vida buscando una muerte tranquila y fracasé.

El gato paseaba silencioso por el pasillo, buscando el último resquicio de sol en esa fría casa, yo lo veía y me regodeaba en su silencio, él me entendía. Por eso fue aún más sorprendente cuando aquella tarde se cansó de dar vueltas por la casa, inquieto, excitado, asustado quizá y se plantó delante de mi sillón, con su cara de gato y esos ojos que de repente no parecían de gato. Dejé mi libro sobre el brazo del sillón, abierto más allá de la mitad de sus páginas y lo miré. Extendí mi mano y rasqué detrás de su oreja. El aceptó la caricia y acomodó la cabeza para guiar mis dedos sobre todo su cuello, después dirigió su mirada hacía mí y esbozando una gran sonrisa me dijo: te vas a morir cabrón.

Mi mente se abrumó y mi vista se cerró inmediatamente, un mareo profundo le dio un giro completo al mundo y derrumbó todas mis certezas. Mi corazón poco acostumbrado se llenó hasta el tope de miedo, un miedo agrio, ácido, desbordante, deslumbrante por su misma oscuridad. Me aterré.

El animal se dio la vuelta sin hacer ningún ruido y se alejó con su paso sereno.

Yo estaba agobiado. Perdí el sentido varias veces antes de poder siquiera enfocar la mirada. Cuando por fin tuve algo de conciencia, el frío que sentía en los huesos no me permitió moverme. Pasé días en ese estado. Nadie se preguntó por mí, nadie nunca pasó a mi puerta, el gris de mi vida tiñó completamente mi presencia en el mundo.

Y ahora voy a morir.

Las palabras del gato siguen dando vueltas en mi cabeza, taladrando el cerebro con un ruido descarnado.

No importa que hablara y lo imposible que eso pudiera ser, lo importante son sus palabras, su sentencia, tan fría, tan segura.

Y ahora voy a morir.

Sentado en el sillón de mí casa, despierto e inmóvil, aterrado. Solo.

Mi vida mediocre despeñándose en un risco de dolor inmerecido, esperando turno para entrar en algún infierno.

Las nubes que cubrían mi vista se despejan. Puedo ver nuevamente, aunque desearía no hacerlo. Allí esta esa cosa, ha vuelto. Se ha plantado frente al sillón y me ve con esa misma sonrisa que desquició mi vida, que me condenó.

Y ahora, voy a morir.