Cuentos Castrosos - Expreso doble

Expreso doble

Llegó y se sentó en la mesa de siempre, la misma silla -podía reconocerla, era casi suya- esperó. Un poco más de lo que esperaba siempre. Expreso doble, afirmó el mesero. Estoy cansada, respondió ella y se quedó mirando nada. Él tomó la orden y se retiró. Lo dijo sin pensarlo, ni siquiera se dio cuenta de haberlo hecho, es como si hubiera dicho sí, expreso doble, con una media sonrisa. Venía todos los viernes después del trabajo. Un trabajo cualquiera, pudiera estar haciendo cualquier otra cosa igual de bien, con ese profundo sentimiento de que no estaba haciendo lo que debería hacer. Estoy cansada, repitió y no había nadie para escucharla. Ese extraño gozo de hablar para nadie, de apenas hablar y decirlo todo, hablarle al silencio que respondía, ni siquiera a ella misma. Ya no se daba cuenta cuando lo hacía, cuando no lo hacía y en verdad estaba callada. Siempre estaba callada, aunque su voz, algo áspera y segura fuera siempre escuchable, deleitable. Ella no tenía idea, no le importaba, a veces –muchas- hablaba hacia adentro, le decía a su garganta hola, a sus ojos buenas noches, reñía muchas veces con sus riñones, tanto café les decía, no pasa nada. Entablaba largos diálogos filosóficos con su vagina, le gustaba coincidir con ella, su apasionante y particular punto de vista, muchas veces cuestionable, siempre divertido. Se quedaba muda y hablaba.

Llegó el expreso y se acabó, ¿te traigo algo más? Me sobra sueño, me faltan noches. Y el mesero le trajo el siguiente. La dejaban estar, era bueno verla estar, completamente ausente, inmersa en algún profundo dolor o una incesable alegría. Todo a la vez. Se habían entablado debates al respecto: ella está sufriendo, decía la chica de la caja. Ella está feliz, le contestaba el mesero. Ahora está feliz, ahora está triste, decía la mujer de la cocina, ella vive feliz y sufre por ello. Ella está tan triste, y eso la colma de gozo. Ella es hermosa, dijo una vez un cliente que jamás había venido.

No se podría afirmar tampoco que lo fuera. Su aspecto era tan común, no había en ella un rasgo que la destacara, sin embargo, en conjunto, no podía dejar de gustarte, de gustarle a tus ojos, a lo que había detrás de tus ojos, a lo que estaba dentro de todo eso que podías ser tú, un indicio incierto que te llevaba a mirarla y quererla, con absoluta y total indiferencia, amarla por un instante y olvidarla después del parpadeo que la ocultaba de tu vista.

¿Crepa de zarzamora y un cenicero? preguntó nuevamente el mesero. Hace veinticinco mil años estos ojos ya eran míos, responde ella. Pregunta ociosa, la crepa y el cenicero ya estaban sobre la mesa.

Y si yo me casara con ella, dijo mirándola el empleado de la caja. Estás loco, le respondíó el mesero; ella no es alguien que se pueda casar. Cómo lo sabes. Sólo tienes que verla, ¿crees que pudieras hacerla feliz siquiera por un momento?. Más de lo que ya es, difícilmente. Ella no está feliz, ya te lo dije, y tú, o cualquier otro tipo, el que sea, está lejos de poder hacer algo por ello. Quizá no necesite ser feliz. Si, quizá.

Tú café. Americano. ¿Te traigo crema?. No, tráeme canciones, y un poco de sal, para aderezar el recuerdo.

Encendió otro cigarro. Y exhaló una bocanada de humo con una inconfundible forma de dragón. Me estoy volviendo cuerda, poco a poco. Eso no es saludable. Nadie saluda a los verdaderamente cuerdos. Nunca has querido saludos, le contestó su páncreas. Nunca es demasiado tiempo. Y luego silencio.

El alboroto de viernes por la noche se queda allá afuera. No quiere salir aún, es demasiado temprano, la casa vacía y escueta está a pocas cuadras, es tan silencioso como aquí, pero le falta el olor a café y el esporádico sonido de las vajillas que se lavan. Es curioso cómo las cosas tan sencillas son tan diferentes de un lugar a otro. Aunque sean las mismas.

Estoy cansada, piensa, con esa mirada gastada, con ese antiguo sentimiento tan humano y tiene por un instante la intención, el atrevimiento de decirlo en voz alta. no sabe que ya lo hizo.

Le llevo la cuenta. No, espera, déjala otro rato, mira, está sonriendo.