Cuentos Castrosos - El viento sobre los pinos

El viento sobre los pinos

Encaramados en esos pinos, me consumía el miedo y la libertad, a nuestras espaldas: la casa.
 

Pasamos varios años construyendo esa casa y vivimos en ella apenas un par de años.
 

Digo pasamos como el mosco que siente que está arando cuando va parado en la oreja del buey. Mi padre la construyó. Mis hermanos, mi madre y yo le acompañábamos, muchas veces de mala gana. Recordándolo ahora, pienso que era muy divertido y que pasé muy buenos días en esa labor. En ese momento lo sentía como una obligación que me quitaba tiempo de juego y por lo tanto de vida.
 

Esa casa tiene un montón de recuerdos divididos en 5 hermanos, mi madre y mi padre. Algún día preguntaré sobre los de los demás. Mientras tanto, esta es la historia de uno de los míos.

Siempre le dijimos “la casa del terreno”. Era grande, tenía un patio igual de grande y estaba dividida sólo por una cerca de alambre de la huerta, grande también. Aún así, nos faltaba espacio y salíamos a jugar a la calle. No había más casas en más de 100 metros a la redonda, sólo espacio alrededor, arbustos, árboles, piedras, pasto, tierra, insectos, lagartijas, perros, mucho aire y todo el cielo hacia arriba.

Frente a la casa, a unos 100 metros frente al zaguán, había un terreno delimitado por una cerca, propiedad privada de uso público. Era un atajo para bajar a la carretera donde comenzaba la civilización sin tener que rodear por el único camino disponible que suponía un trecho mucho más largo que nadie queríamos recorrer. La gente de por ahí se refería al lugar como “los troncos”, porque había tres troncos largos y puestos de manera vertical formando una parte de la cerca. Estaban lisos y pulidos de tanto sentir gente pasando por encima o por debajo de ellos. Del lado derecho donde se acababan, a unos metros, otro terreno de más difícil acceso delimitaba. Del lado izquierdo, una cerca de alambre de púas corría paralela a una hilera de pinos. Esos pinos. Siempre tendré conmigo esas sensaciones al unísono: miedo y libertad unidas a esos pinos.

Nos hacía falta espacio, sí, así que salíamos regularmente. Moncho, mi inseparable compañero de esos y estos tiempos y yo. Yo tenía 11 0 12 años, él al rededor de los 8. Por esas fechas gran parte de nuestros días se iban en subir árboles. Sobre todo, aguacates en la huerta, eran fáciles por la manera en que crecen las ramas y relativamente bajos. Así que afuera, llegando a los troncos, el subir a los pinos era algo que eventualmente sucedería.

No recuerdo la primera vez que lo hicimos; pero de apoco se fue volviendo algo que hacíamos regularmente. No lo decíamos en casa porque seguro era algo riesgozo que no deberíamos estar haciendo. Comenzamos llegando apenas a las primeras ramas de abajo.  De ahí, como en muchas otras cosas, retándonos de a poco. Los retos entre hermanos funcionan como pistones que nos empujan y enseñan cosas a través de hacer otras, estúpidas a veces. Poco a poco llegábamos más alto. Éramos bastante cautos, sabíamos que caer y lastimarnos implicaba más que el golpe, la reprimenda por meternos y meter a nuestros padres en esos problemas.

Moncho subía un poco y yo subía otro poco. Siempre en pinos adyacentes, necesitábamos estar cerca, vernos y retarnos, apoyarnos. Sentir el valor y el miedo del otro. No teníamos nada más que hacer que subir un poco más cada día. Cada vez, pasábamos un tiempo en las últimas ramas alcanzadas, mucho tiempo a veces. Encaramados en la rama y prensados del tronco se nos consumía la tarde.

Eventualmente lo logramos y llegamos a la punta del árbol. Un pino tiene en promedio 25 metros de altura. La última parte es imposible si pesas más que una ardilla, así que nos quedaban algunos metros por conquistar. Desde ahí se podía ver buena parte del pueblo hacia abajo, estábamos en un monte pequeño donde la casa era la punta, los pinos bajaban un poco esa loma, pero aún se podía dominar el paisaje con la mirada, desde allá arriba. Mirábamos siempre hacia el pueblo, de espaldas a la casa, mientras el sol se ocultaba de a poco. Aún teníamos tiempo. Ahí arriba teníamos todo el tiempo del universo, cabalgábamos el cielo sobre las ramas.

Era hermoso sentir el viento. El bamboleo del pino en esa altura. El movimiento es algo clarísimo y común, todo mundo lo hemos visto. Pero sentirlo, estar allá arriba y vivirlo. La primera vez, lo único que sentí fue miedo. Estaba seguro que iba a caer, quise bajar enseguida. Cuando busqué los ojos de Moncho, seguían allá enfrente, mirando el pueblo. Así que me aferré y volteé yo también. Bajamos cuando el viento amainó. ¿Sentiste? Me preguntó. Sí, le dije. Hay que hacerlo de nuevo.

Lo hicimos, una y otra vez. Siempre esperando, deseando que hubiera viento. Un día, Moncho lo descubrió y me dijo mientras caminábamos de regreso a casa: cierra los ojos cuando comience el viento. Era como volar. Era como estar a punto de caer siempre. En ocasiones, sentí como el tronco estaba a punto de vencerse, esperaba el crujir y la caída, entre ramas y golpes y arbustos y tierra. Nunca sucedió, el crujido, la caída. El sol ocultándose en la distancia, el corazón retumbando junto al de mi hermano, a un árbol de distancia, la sensación incomparable de beberse a traguitos ese brebaje: miedo y libertad a 20 metros del piso, sobre la punta de un pino bamboleante.