Cuentos Castrosos - El sollozo

El sollozo

Hubo una vez, en lo profundo de algún lugar que hoy está olvidado, un sollozo que existía desde antes que alguien pudiera escucharlo, o hablar de él, inimaginable, insondable, irreal.

Yo lo escuché, alguna vez. Aunque el referirlo será inútil. El olvidarlo será igual.

Sigue allí, seguirá eternamente, aunque ya no está.

Antiquísimo, más que el tiempo quizá. Proferido por cien gargantas rebanadas al unísono por una herrumbrosa hoz.

O tal vez el primer llanto de una criatura expulsada de un vientre que nunca lo quiso; puesta al escarnio del día que evidencía sin exclusas su falta de sentido, de armonía con el mundo, con el cielo, con el infierno, con la humanidad.

Posibilidades hay infinitas.

Certezas no existen.

Únicamente, si acaso, la cicatriz dejada en la planicie de mi alma. Y el sentimiento, incierto también, sobre lo que me infunde ahora. Miedo, compasión, empatía, ¿amor?…

No se de dónde me vino tal distinción, maldición me inclino a llamarla muchas veces, pero de alguna manera fui elegido, nací incluso, para escucharlo y vivir con ello.

Hoy en las postrimerías de mi vida, el hambre de comprensión, de redención incluso, me obliga a compartirlo en estas líneas. Tan vago como pueda ser, tan falto de coherencia que pareciese la grafía senil de un fantasma, algún día, estoy seguro, servirán a alguien. La cuestión es si llegarán a ser leídas por quien las necesite, y si el significado de la experiencia tendrá alguna similitud.

Viví entre la gente, moviéndome, trabajando, comiendo, durmiendo y amando como si otra cosa no existiera. Como si ese día, alguno de los primeros de mi vida no hubiera sido profanado por el sonido que me acompaño desde entonces, repitiéndose interminablemente en los corredores de mi mente, recorriendo las redes tejidas por mis venas, enclaustrándose y negándose a salir jamás de mi.

Trata de imaginarlo.

Escuchar ese gemido mientras besas a la mujer que amas y le dices que todo tu corazón es suyo, mientras ese corazón ennegrece con la vibración del añejo sonido.

Recibir en tus brazos un bebé que llora mientras tú remplazas su llanto con el sollozo.

Dormir soñando todas las noches. Recurrente sueño que no tiene imágenes. Que no tiene lugares. Solo sonidos. Solo un sonido.

Los dedos trémulos se niegan a seguir divagando sobre algo que sé jamás podré explicar, mi mente se confunde una vez más como lo ha hecho tanto tiempo, cerrándose para sobrevivir, refugiándose en el negro abismo del olvido, despertándose sabiendo que hay cosas que no se pueden olvidar, o que no se deben olvidar.

El arroyo seco de mi vida se detiene. Solo hay algo más que tengo por decir, algo que ha vivido encerrado tanto tiempo y hoy, por fin, saldrá de nuevo.

Acércate y escucha.